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En el contexto litúrgico de la celebración dominical, se reserva un espacio para proclamar en comunidad la profesión de fe, el Credo de la Iglesia. Una oración donde reconocemos que Dios, único y verdadero, es al mismo tiempo Padre, Hijo y Espíritu Santo. Un esquema trinitario que sustenta y da sentido a nuestra fe en la Trinidad.

Aunque parezca complicado, no es tan difícil aprenderlo de memoria y repetirlo de corrido cada vez que lo amerita. Es así, porque, de una u otra manera, hemos mecanizado los símbolos de nuestra fe (los memorizamos), pasando por alto una asimilación espiritual desde la vivencia de la fe, que nos permitiría alcanzar una experiencia profunda de nuestra relación con Dios.

Corremos el riesgo de confundir el cumplimiento de nuestras creencias, o la fidelidad a Dios, con la cantidad de cosas que “sabemos de memoria”. No es mejor creyente quien sabe más (de memoria), como si en algún momento tuviera que aprobar un examen de preguntas y respuestas, sino el que ama más.

Con la boca proclamamos lo que creemos en el corazón, decía Pablo a los romanos (10,8), resaltando que expresar con libertad y convicción lo que creemos profundamente en el corazón, es garantía de felicidad, de libertad y de esperanza.

Esto aplica para cualquier dimensión de la vida: los valores que profesamos, las convicciones políticas, la ideología que sustenta nuestro pensamiento, las relaciones con los demás, el trabajo que ejercemos, la profesión que elegimos, el estado de vida que decidimos tomar… Todo se fundamenta en lo que creemos y de lo que estamos convencidos. También son profesiones de fe…

ILUMINAR

¿Qué es el hombre para que de él te acuerdes, ese pobre ser humano, para que de él te preocupes? (Sal 8).

La dimensión trinitaria de Dios es la apertura del misterio divino a la realidad humana, nos da la oportunidad de comprender y experimentar, sin complicaciones, su cercanía. Él no se revela como cualquier divinidad, sino como un Padre amoroso que mira con misericordia y escucha los lamentos de sus hijos; como un Hijo innovador, atrevido, solidario, servicial y sencillo, capaz de dar la vida por cualquiera; como consejero oportuno, el Espíritu, que nos conduce hacia la verdad, que tiene sus delicias en estar con los hijos de los hombres (Pr 8,31), en quienes mora; con sus dones, capacita al creyente para el bien común.

El amor que una madre y un padre sienten por sus hijos, no se piensa ni se analiza, sólo se siente; se recibe y se convierte en experiencia amorosa, porque es cercanía. De igual manera se experimenta el amor de Dios, porque Dios es amor: Padre/Madre que ama a sus hijos y sopla su aliento (rûah) sobre ellos para darles vida e infundir su amor en sus corazones (Rm 5,5); hermano que acompaña, que cura, que da de comer y que ama hasta el extremo.

La Trinidad es enseñanza, porque más allá del Dios todopoderoso, creador del cielo y de la tierra, encontramos a un Padre amoroso que espera todo el día el regreso de los hijos arrepentidos, corre hacia ellos, los abraza y los cubre de besos (Lc 15,20); al Hijos predilecto, ungido con el Espíritu de Yahvé, que nos asombra queriendo ser como una gallina que reúne a sus pollitos bajo las alas (Lc 13,34; Mt 23,37), o que se inclina, con humildad y sencillez, a lavar los pies de sus discípulos (Jn 13,2-5). Y al Espíritu, Señor y dador de vida, que viene en nuestro auxilio, habla por nosotros y, sin importar el estado del corazón humano, habita en él (1Cor 6,19).

La Trinidad se nos ofrece como referente: su economía comunitaria, que se irradia como familia, interpela a una sociedad carente de sentido comunitario. “La Trinidad es el modelo de toda comunidad humana, desde la más sencilla y elemental, que es la familia, a la Iglesia universal (Raniero Cantalamessa). Así, la comunión trinitaria se convierte - dice Leonardo Boff - en crítica e inspiración de la sociedad humana:

“…En nuestra cultura dominante ha imperado en el nivel de la persona el predominio del individuo, del descompromiso aislado, de sus derechos comprendidos fuera de la relación con la sociedad […] Comprender a la persona humana como imagen y semejanza de la Trinidad implica medirla siempre por su relación abierta hacia los demás; tan sólo estando en los otros, entendiéndose a partir de los otros y siendo a través de los otros es como construye su identificación […] A la luz de la Trinidad, ser persona a imagen y semejanza de las divinas personas significa mantenerse como un nudo de relaciones en permanente actuación: hacia su origen (hacia atrás y hacia arriba) en el misterio abismal del Padre, hacia sus semejantes (hacia los lados) revelándose a los otros y acogiendo la revelación de los otros en el misterio del Hijo, hacia dentro de sí mismo en su interioridad en el misterio del Espíritu Santo”.[1]

Si la proclamación del Credo es la expresión de lo que creemos con el corazón, entonces, también debe ser testimonio de lo que vivimos, de cómo vivimos y para qué vivimos. Por la fe en Jesucristo, afirma Pablo, hemos obtenido la entrada al mundo de la gracia (Rm 5,2) y eso nos compromete en mutua correspondencia, pues la generosidad de ese Dios abierto y cercano nos ha coronado de gloria y dignidad, nos da el mando sobre las obras de sus manos y todo lo ha sometido bajo nuestros pies (Sal 8).

ACTUAR

De la profesión de fe surge la proclamación de nuestros compromisos:

  • Creo en un solo Dios…, creador del cielo y de la tierra: Proclamamos nuestro compromiso con la creación y con el mundo que Dios ha puesto en nuestras manos. Somos responsables del cuidado de esta casa común.
  • Creo en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios…; que por nosotros los hombres bajó del cielo y por obra del Espíritu Santo se encarnó, se hizo hombre, por nuestra causa fue crucificado, padeció, fue sepultado y resucitó al tercer día: Porque Dios se hizo hombre, proclamamos nuestro compromiso con el hermano que sufre, defendemos su dignidad y luchamos por su libertad; si proclamamos que Jesús resucitó de entre los muertos, estamos comprometidos con la vida.

Creo en el Espíritu Santo…, que procede del Padre y del Hijo y que habló por los profetas: Si por el bautismo recibimos la unción del Espíritu, proclamamos nuestro compromiso profético con la sociedad, denunciamos las injusticias y anunciamos la Buena Nueva de la salvación.



[1] Boff, L. (1986). La Trinidad, la sociedad y la liberación. Col. Cristianismo y Sociedad n. 5. Ed. Paulinas. Madrid. pag. 184.