Andrés hermano de Pedro, debió ser un hombre inquieto, curioso y abierto al mundo. No tenemos muchas fuentes como para describir su vida. Pero están las escenas íntimas de su relación con Jesús. Sabemos que ocupa el segundo lugar en el grupo de los doce (Mt 10, 1-4; Lc 6,13-16), que fue el primero en ser llamado por Jesús, como nos muestra el Evangelio de San Juan (Cfr. Jn 1,40-43) —de allí que la liturgia bizantina le honre como el “Protóklitos”, es decir “el primer llamado”—, que también lo llamó Jesús junto con su hermano Pedro a orillas del mar de Galilea, donde les pidió que lo siguieran para hacer de ellos pescadores de hombres (Cfr. Mt 4, 18-19; Mc 1, 16-17), que la tradición ubica su ministerio volcado hacia el mundo griego —llamado el apóstol de los griegos—, y que muy probablemente murió crucificado en Patrás, Grecia, donde aún se conserva su cabeza en una urna que al caer el día es trasladada a una cámara de seguridad y al mismo tiempo de veneración.

                                                                                                                                                                                                       Antes de acercarnos a su persona, a través del texto bíblico, vengamos a una instantánea de su muerte. Es un testimonio que no viene de la Sagrada Escritura, pero nada impide que lo aceptemos. Es un relato de inicios del siglo VI, con las palabras que Andrés pudo haber pronunciado poco antes de entregar su vida:

 Pasión de Andrés

“¡Salve, oh Cruz, inaugurada por medio del cuerpo de Cristo, que te has convertido en adorno de sus miembros, como si fueran perlas preciosas! Antes de que el Señor subiera a ti, provocabas un miedo terreno. Ahora, en cambio, dotada de un amor celestial, te has convertido en un don. Los creyentes saben cuánta alegría posees, cuántos regalos tienes preparados. Por tanto, seguro y lleno de alegría, vengo a ti para que también tú me recibas exultante como discípulo de quien fue colgado de ti... ¡Oh cruz bienaventurada, que recibiste la majestad y la belleza de los miembros del Señor!... Tómame y llévame lejos de los hombres y entrégame a mi Maestro para que a través de ti me reciba, quien por medio de ti me redimió. ¡Salve, oh cruz! Sí, verdaderamente, ¡salve!".[1]

Tómame y llévame lejos de los hombres y entrégame a mi Maestro…

Detengámonos en estas palabras. Parece un Apóstol pleno. Quizá cansado de la gente del mundo, de aquellos que dominan y oprimen. En parte así empezó su relación con Jesús. La tarde en que Juan Bautista le indicó al Cordero de Dios. Andrés debió estremecerse. Había llegado el momento de probar si sus insatisfacciones sobre el mundo en que le tocó vivir, serían saciadas por el Mesías.

Es emocionante entrar en el evangelio de Juan y descubrir que la vocación acontece en el encuentro de dos buscadores: un Maestro que se busca discípulos, un discípulo que se busca un Maestro. Una vez que Andrés y el otro discípulo van siguiendo a Jesús. Él los siente. Se vuelve y les hace una pregunta existencial: “¿Qué buscan?”. Ellos responden con otra pregunta semejante: “¿Dónde vives? (Cfr. Jn 1, 37-39).[2]

Veamos:

Los especialistas coinciden en afirmar que el otro discípulo es el mismo narrador, Juan Evangelista. Ambos eran personas inteligentes, en búsqueda de algo verdaderamente importante para sus vidas… En el fondo, un discípulo es alguien que tiene esta exigencia máxima en su conciencia: “¿Qué he de hacer con mi vida?” Es uno que sabe que Dios se trae un asunto importante con él, que su vida es importante no solo para sí, sino para otros, y teme fallar.

Cuando Jesús voltea y les hace la pregunta clave: “¿qué buscan?”, y ellos responden “¿dónde vives, Rabí?” dicen entre líneas: “No buscamos algo, te buscamos a Ti”. Descubrimos que se están invitando a entrar en la esfera privada y espiritual del Maestro; quieren saber de sus rutinas, no sólo sus conocimientos, sino cómo surgen sus conocimientos, cómo realiza la “alquimia” de ser el gran Maestro interior; experimentar las producciones de su amor, hacer una sola causa con Él en Su proyecto, en Su espíritu, en Su intimidad. Su unción los tiene prendidos, “El Ungido” les hace experimentar la impronta de Su espíritu, lo inagotable de Su fuerza comunicadora de vida y de amor.

Jesús dice: “Vengan y lo verán”, porque el camino para conocer a Dios no es la sola razón, sino la experiencia personal, la experiencia de la comunicación gozosa de la persona interior.[3]

Preguntémonos:

Si hoy Jesús te pregunta qué buscas, tú, ¿qué responderías?

¿Cómo estoy buscando a mi Maestro?, ¿cuándo he entrado en su intimidad?

¿Qué tan insatisfecho/a estoy del mundo que me tocó vivir?

¿Cómo sirvo de mediador para quienes no hablan el lenguaje de Jesús?

¿Qué significa la cruz en mi vida, muerte y resurrección?

 

Oración:

Maestro ¿Dónde vives?

Déjame pasar hasta el lugar íntimo de tu vida,

no permitas que caiga el día y que yo me encuentre afuera.

Enséñame desde adentro

que aprenda no sólo lo que busco, sino lo que Tú consideras que necesito,

que aprenda desde la experiencia interior tu amor,

más que desde las ciencias del mundo.

No me retires la luz mientras paso la noche contigo,

que mi espíritu esté inquieto a cada cruce de las horas,

mis sentidos en paz pero perceptivos,

y mi voluntad dispuesta a continuar nuestra charla.

Y si al amanecer despierto cansado de la vigilia,

me mantengas gozoso en la espera de un nuevo día

y de una nueva noche

y así, por toda mi vida.

 

Maestro Jesús,

recíbeme igual, si vengo de mediar con quienes no te conocen

o si no lo sé y ya vengo de la cruz a semejanza de Andrés.

Permíteme hacer un solo morral contigo y caminar detrás de ti, ahora y por siempre,

Amén.



[1] Benedicto XVI. Audiencia General, Miércoles 14 de junio de 2006

[2] En otras tres ocasiones aparece Andrés en diálogo con Jesús: en la multiplicación de los panes (Cfr. Jn 6, 8-9); frente a los muros del templo de Jerusalén (Cfr. Mc 13, 1-4); y cuando él y Felipe sirven de intérpretes o intermediarios entre un grupo de griegos y Jesús (Cfr. Jn 12, 23-24).

[3] Cfr. Jiménez Muñoz Ledo Dante. “Jesús cada domingo” México, 2013. Pág. 211-214