Hacia el final de su vida, Pedro se declara a sí mismo “testigo de los sufrimientos de Cristo y partícipe de la gloria que está por manifestarse”, (1Pe 5,1). Se encuentra en Roma. Vemos la imagen de un Pedro diferente del que negó a Jesús, del Pedro que en sus inicios parece apasionado, rudo y a la vez temeroso. Ahora se le ve lleno de paz, de sabiduría y de amor. Un Pastor estable, que se dirige a los responsables de las comunidades —presbíteros—, exhortándolos a cuidar del rebaño de Dios según el cargo que han recibido. Los anima ante las pruebas, en espera del supremo Pastor, de quien recibirán la corona de gloria.

Pedro está cerca de su martirio —poco antes de la persecución de Nerón en el 64 d.C. —. Siguió a Jesús a pesar de la fragilidad de su fe, y al final se convirtió en el testigo fiel que Jesús deseaba como “Piedra” para construir y dirigir su Iglesia. Intentemos un acercamiento a su persona, a través de recuerdos, como lo hace la mayoría en la edad madura.

Veamos a Pedro preguntándose ¿Cómo es que llegó hasta ese lugar?

Debió serle muy gratificador el recuerdo de su primer encuentro con Jesús, cuando fijó su mirada sobre él y le dijo que se llamaría Cefas, que quiere decir Piedra (Cfr. Jn 1,42). Ahora entendía a la perfección la razón por la que Jesús le cambió el nombre, se trataba de un “mandato”: ser roca para construir la Iglesia. Quizá en sus reflexiones finales, le eran más claros los momentos en que Jesús lo distinguía de entre los demás apóstoles. Como hospedarse en su casa de Cafarnaúm (Cfr. Mc 1,29); o cuando agolpado por la muchedumbre, a la orilla del lago de Genesaret, Jesús escogió su barca para subir y predicar desde allí (Cfr. 5,3). En la transfiguración (Cfr. Mc 9, 2; Mt 17, 1; Lc 9, 28), en la resurrección de la hija de Jairo (cf. Mc 5, 37; Lc 8, 51) y durante la agonía en el huerto de Getsemaní (cf. Mc 14, 33; Mt 26, 37).

Hubo otros momentos en que él mismo reaccionaba, consciente de ocupar un lugar especial. Como cuando tomaba la palabra en nombre de los demás: el día en que después del discurso del “pan de vida” algunos quieren abandonar a Jesús y Él, desilusionado de quienes no lo comprendían, pregunta “¿También ustedes quieren dejarme?". Pedro responde por todos: “Señor, ¿a quién iremos? Si sólo Tú tienes palabras de vida eterna, nosotros creemos y sabemos que Tú eres el santo de Dios" (Jn 6, 67-69). Y la profesión de fe en Cesarea de Filipo, cuando ante la pregunta de Jesús: “Y ustedes ¿quién dicen que soy yo?”, él respondió por todos: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16,15-16). Y que como respuesta a esta profesión, Jesús le declara su papel en la Iglesia: “Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia (...). A ti te daré las llaves del reino de los cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos", (Mt 16, 18-19).

También la comunidad lo distinguía. Sobre todo después de la resurrección de Jesús. Como cuando Jesús encarga a las mujeres que lleven el anuncio a Pedro (Cfr. Mc 16,7), Magdalena que acude a él para lo mismo (Cfr. Jn 20,2), Juan le cede el lugar frente a la tumba (Cfr. Jn 20,4-6). Dirige el Concilio de Jerusalén (Cfr. Hch 15) y Pablo le reconoce su lugar de “primero” (Cfr. 1Cor 15,5; Gal 1,28; 2,7)

Ahora ejercía esa misión con profundo amor: -se experimentaba cimiento de la Iglesia; -usaba las llaves del reino; y -ataba y desataba, es decir aceptaba o prohibía lo necesario para una Iglesia de la que no era dueño sino servidor.

Ahora Veamos a Pedro repasando sus inconsistencias con Jesús

En medio del temor, la confusión y la incertidumbre, aprendió que no se puede seguir a Jesús desde el solo entusiasmo o la buena voluntad. Traicionó a su Maestro negándolo tres veces (Cfr. Mc 14,66-72). Pedro, que le había prometido una fidelidad total, se resquebrajó hundido en la amargura y la humillación. Debió levantarse por amor. Volvió a mirar a los ojos a Jesús y recibió de Él una vez más la confirmación de custodiar su Iglesia, ya no a partir de sus certezas, sino de la humildad y de la fe.

Y así, un buen día, de suave brisa de primavera, en la playa del mar de Tiberíades, Jesús una vez resucitado, le refrendó su misión a través de tres preguntas; tantas como habían sido sus negaciones.

…“Simón hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?”. Jesús le pregunta las dos primeras veces si lo ama con amor de “Agape”, es decir amor de Caridad; con amor perfecto o incondicional. Pedro que había fallado, responde: “Señor te quiero”, es decir te amo con amor de “Filía”, amor de Amistad. Como si dijera: no sé todavía amar con el amor con que Tú me amas.

…La tercera vez, Jesús acepta el nivel de amor hasta el que Pedro ha podido llegar. Le pregunta: “¿me quieres?” en lugar de me amas. Pedro se apena en el recuerdo de su triple negación y ante la insistencia de Jesús. Si embargo, en seguida debió alegrarse de escuchar que Jesús le refrenda su misión: “Apacienta mis ovejas” (Cfr. Jn 5,15-18).

Meditemos que Pedro ahora está seguro, aun en medio de la adversidad. Aprendió a confiar en Jesús a partir de la fragilidad de su fe. Las palabras de su primer encuentro con Jesús: “rema mar adentro” en condiciones desfavorables para la pesca; y “No temas. Desde ahora serás pescador de hombres” (Cfr. Lc 5,4-10), debieron ser luminosas y consoladoras al final de su vida.

Preguntémonos:

¿Qué habría sido de Pedro si no le hubiera creído a Jesús; de no atreverse a modificar su reducida visión y sus costumbres y de no ordenar su temperamento?

¿Cómo ha sido mi llamado? ¿En qué se parece a la vocación de Pedro? ¿Cómo son mis altibajos, mientras intento seguir a Jesús?

¿Cómo sirvo para construir la Iglesia? ¿Cómo amo a Jesús?

 Oración:

Señor Jesús,

pasa por la orilla de la playa en que me encuentro.

Pasa por aquí en un día cualquiera

en que me esfuerzo por encontrarle sentido a lo que hago.

Llámame como a Pedro,

no pases sin cambiarme el nombre,

sin darme un mandato, sin hacer arder mi corazón,

ni sin decirme hacia dónde tengo que remar.

 

Señor Jesús,

no me dejes solo, con mis miedos,

en medio de mis limitaciones,

cambia mi vida a semejanza de la de Pedro.

No permitas que llegue a la vejez sin haberte seguido con pasión,

Sin estar dispuesto a dar la vida,

Sin gozar de los momentos importantes en que coincidimos

haciendo tu Iglesia.

 

Señor Jesús,

que a pesar de mis incomprensiones, inconsistencias y traiciones,

yo aprenda a amar como tú lo quieres, con amor de Caridad,

 

Amén.