El día primero de cada año, en la Iglesia celebramos la maternidad divina en la solemnidad litúrgica de Santa María Madre de Dios, celebración que encuentra sus orígenes en el siglo VI con la dedicación de la basílica conocida como “Santa María la Antigua” en la ciudad de Roma.

La maternidad divina se refiere a la Virgen María es cuanto que ella es verdadera Madre de Dios, dogma solemnemente definido por el Concilio de Éfeso y confirmado por el Concilio de Calcedonia, del año 451, y el segundo Concilio de Constantinopla, del año 553.

El Concilio de Efeso, del año 431, celebrado en el pontificado de san Clementino I (422-432) definió: “Si alguno no confesare que Cristo es verdaderamente Dios, y que por lo tanto, la Santísima Virgen es Madre de Dios, porque parió según la carne al Verbo de Dios hecho carne, sea anatema” y explica: “Desde un comienzo la Iglesia enseña que en Cristo hay una sola persona, la segunda persona de la Santísima Trinidad. María no es sólo madre de la naturaleza, del cuerpo, sino también de la persona quien es Dios desde toda la eternidad.

Cuando María dio a luz a Jesús, dio a luz en el tiempo a quien desde toda la eternidad era Dios. Así como toda madre humana no es solamente madre del cuerpo humano sino de la persona, así María dio a luz a una persona, Jesucristo, quien es ambos, Dios y hombre; entonces, ella es la Madre de Dios”. Fue en este Concilio donde se definió el título de Theotokos, en griego: Madre de Dios. Y a partir de ese momento, la divina maternidad constituyó un título único de señorío y gloria para la Madre de Dios encarnado. La Theotokos es considerada, representada e invocada como la reina y señora por ser Madre del Rey y del Señor.

Al término del Concilio, san Cirilo pronunció la siguiente exultación: “Te saludamos, oh, María, Madre de Dios, verdadero tesoro de todo el universo, antorcha que jamás se apagará, templo que nunca será destruido, sitio de refugio para todos los desamparados, por quien ha venido al mundo el que es bendito por los siglos. Por ti la Trinidad ha recibido más gloria en la tierra; por ti la cruz nos ha salvado; por ti los cielos se estremecen de alegría y los demonios son puestos en fuga; el enemigo del alma es lanzado al abismo, y nosotros, débiles criaturas, somos elevados al puesto de honor”.

Que María es Madre de Dios es el principal de los cuatro dogmas marianos, y es la raíz y el fundamento de la dignidad singularísima de la Virgen María, quien es la Madre de Dios no desde toda la eternidad, sino en el tiempo, pues Jesús es una persona divina, no dos personas. Jesús tiene dos naturalezas: es Dios y Hombre verdaderamente. María, pues, es madre de una persona divina y por lo tanto es Madre de Dios.

Se entiende que el origen divino de Cristo no le proviene de María, pero al ser Cristo una persona de naturalezas divina y humana, María es tanto madre del hombre como Madre del Dios. María es Madre de Dios, porque es Madre de Cristo quien es Dios y es hombre.

Por lo tanto, el dogma de María Madre de Dios contiene dos verdades: primera, que María es verdaderamente madre, lo que significa que ella contribuyó en todo en la formación de la naturaleza humana de Cristo, como toda madre contribuye a la formación del hijo de sus entrañas; y segunda, que María es verdaderamente madre de Dios, pues ella concibió y dio a luz a la segunda persona de la Trinidad, según la naturaleza humana que Él asumió.

La misión maternal de María se proclama, desde los inicios de la Iglesia, en el Credo de los Apóstoles, al afirmar: “Creo en Dios Padre todopoderoso y en Jesucristo su único hijo, nuestro Señor que nació de la Virgen María”. Y todos los días se afirma en el rezo del Ave María, en la segunda parte que reza: “Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros los pecadores”.

El Concilio Vaticano II, en la  Constitución Lumen Gentium, hace referencia al dogma: “Redimida de modo eminente, en previsión de los méritos de su Hijo, y unida a Él con un vínculo estrecho e indisoluble, está enriquecida con la suma prerrogativa y dignidad de ser la Madre de Dios Hijo, y por eso hija predilecta del Padre y sagrario del Espíritu Santo; con el don de una gracia tan extraordinaria aventaja con creces a todas las otras criaturas, celestiales y terrenas”.