Natividad de San Juan Bautista

VER

El día que nacen los hijos, en ese momento, nos apropiamos de ellos, e inconscientemente tal vez, definimos su ser y su haber con un pronombre posesivo: mío. “Este hijo es mío…”

Sin lugar a duda, desde ese día, y hasta que sea necesario, su porvenir dependerá de los progenitores, que ahora pasarán a ser gestores, tutores, promotores, mentores… de un individuo que comienza a crecer y desarrollarse, integrándose a un mundo desconocido más allá del vientre materno, aunque propio, a una familia, a una comunidad y a una sociedad determinada. Formará parte, poco a poco, a través del lenguaje y de las costumbres, de una cultura que lo adoptará, generosa o no, otorgándole identidad, y la pertenencia a un pueblo y a una historia.

Pero ese apoderarse del otro, que se convierte en “derecho” con la simple declaración “mío”, se rompe cuando nos interpela lo suyo: su espacio, sus necesidades, su llanto, su vida propia, separada de la otra vida a la que estaba atado, su ritmo, su tiempo y, por supuesto, su nombre.

Una vez que le damos nombre, del mismo modo que Adán a las creaturas, le concedemos la apropiación de sí mismo, de su destino y de su historia. Aun cuando lo tengamos que acompañar, cuidándolo y protegiéndolo, hasta que se pueda sostener, cuando sus pasos se conviertan en un caminar seguro, su nombre y su historia se transformarán en otro proyecto, del que habremos tomado parte, pero no ya no será nuestro…

JUZGAR

La historia de Juan se inscribe en la historia de tantas parejas que, deseando un hijo, se mantienen a la espera, pidiendo y suplicando, hasta que algo suceda, un milagro, una gota de vida, una luz que alumbre en la oscuridad. Es, sin duda, una historia humana envuelta en las vicisitudes de lo cotidiano.

Una llegada inesperada, pero bien acogida, pone en manos de Isabel y Zacarías la vida, incierta e incomprensible, de un niño que rompe con el oprobio de la esterilidad y la pesadumbre de la vejez; su nombre es confiado al padre por Yahvé y el ángel le revela la misión que se le habrá de encomendar, para que lo aliente y lo guíe, hasta que pueda bastarse por sí mismo. Nada fácil para dos ancianos que deberán sostener, cuidar y mantener la vida de un profeta…

El nacimiento de Juan es el parteaguas que conducirá al pueblo por rumbos novedosos, convertirá a muchos israelitas al Señor; irá delante del Señor con el espíritu y el poder de Elías, para convertir los corazones de los padres hacia sus hijos, dar a los rebeldes la cordura de los justos y prepararle así al Señor un pueblo dispuesto a recibirlo (Lc 1,16-17).

La condición precaria de Zacarías e Isabel, en el atardecer de sus vidas, resurge del ocaso para convertirse en parámetro de la Buena Nueva, ambos eran justos a los ojos de Dios, pues vivían irreprochablemente, cumpliendo los mandamientos y disposiciones del Señor (Lc 1,6); representan el comienzo de aquel pueblo dispuesto a recibir su Palabra y son bendecidos no sólo con un hijo, sino que este hijo será grande a los ojos del Señor y estará lleno del Espíritu Santo (v. 15). Para el proyecto de Dios no son determinantes la edad o la posición, lo que cuenta es la humildad, la disposición, la sencillez del corazón y la fidelidad.

El nombre, Juan, implica para ellos un desprendimiento doloroso, pues pareciera que han perdido el derecho de dar nombre, a tal grado, que Zacarías queda mudo, sin palabras, para no entrar en litigios con el Señor hasta ver cumplidas sus promesas. Juan, es su hijo, pero Juan es el nombre, porque el futuro del niño ha quedado consagrado a Dios, en función del Reino y del Mesías que viene detrás de él.

¿Qué va a ser de este niño? Los sucesos provocan que la gente se pregunte, tal vez buscando una respuesta que le de claridad, que los prevenga de eso que está por llegar; el cambio es inminente, porque realmente la mano de Dios estaba con él (Lc 1,66). Lo que sea de ese niño, marcará el destino del pueblo, para siempre.

Los padres tomaron con responsabilidad su propia misión, así, vemos que el niño se iba desarrollando físicamente y su espíritu se iba fortaleciendo, y vivió en el desierto hasta el día en que se dio a conocer al pueblo de Israel (v. 80).

ACTUAR

El nacimiento de Juan es como el de cualquier niño: no importando el tiempo, la edad, las condiciones, es acogido con alegría y generosidad… Aunque, a decir verdad, no todos los niños corren la misma suerte.

Reconocerlos como propios es el primer paso para garantizar su porvenir; darles nombre significa lanzarlos a la vida, poner en sus manos la pauta del proyecto que ellos deberán asumir a lo largo de la vida. Son nuestros, pero dejan de serlo cuando el Espíritu del bautismo los unge para ir delante del Seño, para convertir los corazones de los padres hacia los hijos…

Todos los niños tienen nombre y detrás una familia que les ha dado la vida y la esperanza, nadie tiene derecho a cambiar el rumbo de su destino, porque desde el vientre la mano de Dios está con ellos.

Quisiera por último indicar que en la cuestión de la migración no están en juego solo “números”, sino “personas”, con su historia, su cultura, sus sentimientos, sus anhelos… Estas personas, que son hermanos y hermanas nuestros, necesitan una “protección continua”, independientemente del status migratorio que tengan. Sus derechos fundamentales y su dignidad deben ser protegidos y defendidos. Una atención especial hay que reservar a los migrantes niños, a sus familias, a los que son víctimas de las redes del tráfico de seres humanos y a aquellos que son desplazados a causa de conflictos, desastres naturales y de persecución. Todos ellos esperan que tengamos el valor de destruir el muro de esa “complicidad cómoda y muda” que agrava su situación de desamparo, y pongamos en ellos nuestra atención, nuestra compasión y dedicación (Mensaje del Santo Padre Francisco con ocasión del «Segundo Coloquio Santa Sede-México sobre la migración internacional», 14 de junio de 2018).