No se dejen engañar… no se aterren;

porque es necesario que sucedan primero estas cosas,

pero el fin no es inmediato”.

Jesús está dentro del templo. Los que escuchan su enseñanza, al mismo tiempo admiran la belleza de la arquitectura y su adorno. Él desea que su fe no se base sólo en un monumento, por más que signifique la casa de Dios. Por eso les predice sobre el futuro de Jerusalén, del templo y sobre el reinado de Dios en la historia humana.

Si bien parece desalentador, en verdad sucede lo contrario. Jesús los lleva a considerar el momento histórico que viven. Lo que el ser humano construye es caduco. Tarde o temprano, su destino es la ruina.

Las preguntas ¿cuándo sucederá eso?, y ¿cuál será la señal de que todas estas cosas están para ocurrir?, no sorprenden a nadie, pues todos daban por hecho que estaba por suceder la profecía de las setenta semanas (Dn 9,24-27), según la cual el momento de máxima ruina marcaría el comienzo de la restauración de Israel. Nada más lejano de lo que Jesús les enseña. La intervención definitiva de Dios en la historia es mucho más que la restauración del pueblo de Israel. Por eso hay que discernir y no seguir al primero que dice: “Yo soy” y “el tiempo está cerca”.

Lo único que puede servir de señal para saber que el tiempo final llega es la persecución de los discípulos por parte de los poderes judíos y paganos.

Nosotros, que vivimos dos mil años después de la primera venida de Jesús, entendemos que nuestros días son el momento inmediato entre la primera venida y el final de la historia. ¿Cuánto dura este tiempo? No lo sabemos, y en cuanto a su medición, tampoco es importante. Lo que sí cuenta es la conciencia de estar en medio de estos dos polos de la historia, y nuestra fe clara en el retorno de Cristo y en el Juicio Final.

Vivamos nuestro tiempo haciendo de nuestra historia la más bella, humana, libre, amorosa y divina jamás contada. No tengamos miedo ni nos aterremos ante las guerras, revoluciones, terremotos, pestes y hambrunas; ni siquiera ante las cosas espantosas y señales del cielo, porque nuestro fin no es inmediato.

Oración:

Señor Jesús, gracias por regalarme el sentido de mi historia. Ahora me siento más cómodo y con esperanza. Saber que el tiempo que vivo se desplaza hacia el gran día en que nos abrazarás como humanidad y nos introducirás en tu ser, me llena de esperanza. Ayúdame a ser fuerte para enfrentar los males del mundo con la fuerza de tus predicciones. Que pueda yo renovar a quienes coinciden conmigo en el ámbito laboral y social, para que impriman el sentido del fin de la historia a sus trabajos.

Permite que junto con los míos, desde nuestro hogar, contemplemos como a través de una ventana abierta al cielo, el acontecer de tu llegada final, y la belleza de tu redención. Amén.