Basta una sola palabra tuya y mi criado quedará sano”.

Es probable que el centurión romano se sintiera impuro. Era el peso natural de la comunidad y de la ley judía, sobre los no judíos. Pero ha entendido que la salvación es universal, Jesús la abrió para todas las razas y pueblos.

La fe del centurión es pura; no se ha ideologizado, no cree por cultura o por un condicionamiento social. Por eso ha merecido una muestra de la salvación de Dios. La manera en que se dirige a Jesús, con la conciencia de indignidad, es una propuesta para nosotros hoy, los puros, los que nos hemos purificado en el bautismo y ahora podemos acceder de manera plena a Jesús.

Sólo necesitamos algo, sobre todo en este tiempo de Adviento: disponernos a lo esencial. Salir al encuentro de Jesús que viene y contarle cómo transcurre nuestra vida en casa y en nuestro entorno. Podemos abrir nuestro corazón y contarle nuestra preocupación por los demás, de manera especial los nuestros, los que comparten la vida con nosotros.

¡Qué ganas de detenerse y captar la presencia de Jesús que viene! Como lo hizo el centurión, ¡qué ganas de experimentar el amor natural y profundo por alguien más que está en necesidad! ¡Qué ganas de escribir un diario interior de estos sentimientos! Sobre todo, ¡qué ganas de hablarle así a Jesús: “No soy digno de que entres en mi casa, pero una sola palabra tuya me sanará”!

Oración:

Señor, nosotros tampoco somos dignos de que entres en nuestra casa, aun así te suplicamos que encuentres en nosotros un alma vacía de apegos y de preocupaciones superficiales, que esté abierta a acogerte y a vivir conforme a tu voluntad. Amén.