VER

Todo tiene un principio: las decisiones, los acontecimientos, las ideas, los proyectos, la vida misma, y todo eso, indudablemente, contempla un final. La caducidad de la condición humana condiciona los procesos que, aun cuando lleguen a un culmen y al logro deseado, están envueltos de su finitud.

A diario experimentamos diversos principios, con sus finales, enmarcados, todos ellos, en un arco de tiempo (indefinido, por cierto) que comienza con el gran principio de la vida (nacer) y su inevitable final (la muerte). Principio y fin de todo ser viviente.

Pero, más allá de esa inexorable realidad, existen otras nociones de principio y fin, algunas de ellas encarnadas en personas concretas. Nos referimos a los iniciadores, a los fundadores, a quienes han sido la raíz (principio/arché) de las estructuras ideológicas, filosóficas o científicas del pensamiento humano; los que dieron la pauta a los grandes descubrimientos que han enriquecido, o complicado, nuestra vida. Aquellos, inclusive, que representan nuestro principio y fin cotidiano, o el sentido último de nuestras más profunda decisiones (los hijos, el cónyuge, la pareja…).

Algo, o alguien, está a la cabeza de las cosas que hacemos. Cuando las comenzamos, somos conscientes de que todas ellas tendrán un final, que, no obstante, le habrán dado un sentido a nuestra vida.

ILUMINAR

La semana pasada, en el texto de Marcos, escuchamos a Jesús decir de manera enfática, “sepan que el fin ya está cerca, está a la puerta (Mc 13,29). Entonces, tratamos de entender que ese final cercano se abre ante nosotros como una oportunidad, como el inicio de algo nuevo.

Hoy, el texto del Apocalipsis (1,5-8), resalta el símbolo, por demás pascual, del alfa y la omega, con el que se ha representado a Jesús pantocrátor (todopoderoso) e identifica como el rey de todos los reyes (Sal 92).  Él es principio (alfa) de la nueva humanidad, para la que el único fin posible es la eternidad (omega).

Alfa y omega, principio y fin, los extremos de un abrazo que nos acoge, nos contiene y nos plenifica. En él, surge la vida, y la muerte cobra sentido hasta transformarse en vida eterna. El Señor es el principio que mantiene el orbe y no vacila; es fin porque su trono es eterno y para siempre firme (cf. Sal 92).

Jesús, principio y fin, encierra y contiene el misterio de la verdad que sólo pueden comprender aquellos que van más allá de la finitud y la caducidad de la condición humana:

Mi reino no es de este mundo… Yo nací y vine al mundo para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz (Jn 18,36.37).

ACTUAR

Nuevamente escuchar. Condición ineludible de todo discípulo, actitud centrada en la única verdad que aclara todo misterio, que abarca toda la historia y penetra para nutrir todo pensamiento del hombre, porque es principio y fin.

¿De qué manera Jesús es nuestro principio? ¿En qué sentido se convierte en el referente último de nuestro caminar, meta por la que no descansaremos hasta alcanzarla?