Esta llamada “pausa” o “examen diario” proviene del ingenio de un personaje fuera de serie. Se trata de un hombre que vivió en un tiempo muy diferente al nuestro. Por eso es difícil hablar de san Ignacio de Loyola sin que suene a estampita. En efecto, es un santo. Pero un santo loco por Cristo. Por eso su particularidad no está en alguna aureola o “milagrito”. Fue un hombre que supo seguir a Jesús de una manera radical, novedosa y original.

Hijo de la noble casa de Loyola, ‘Íñigo’ nació en lo que hoy es el País Vasco. Azpeitia era el poblado. Mientras las aguas del cantábrico movían a aventuradas embarcaciones, el vástago del castillo Loyola crecía junto a los robles y castaños que rodean los castillos. Aunque los aullidos de los lobos hacían temblar incluso a las encinas de los Pirineos, el joven Ignacio forjaba valentía a base de espadazos y libros de caballería. Junto con armaduras y adargas, las historias de Camelot y las páginas de El Cid poblaban su habitación.

Una tarde de 1521 su vida cambió para siempre. Con treinta años y la bandera del rey de España en ristre, Ignacio dirigía en Pamplona una campaña militar contra tropas navarras de fuelle francés. En el punto álgido de la batalla, una bala de cañón cruzó líneas para aterrizar en la pierna del capitán Loyola. Casi se la destroza por completo. Para salvarla, se le practicó una “operación” que no puede llamarse sólo así. Se trató más bien de una carnicería. Carnicería sin anestesia.

Fueron largos meses de recuperación, postrado en la casa de su hermana. Allí no había libros de caballeros andantes. Pero sí estaban los Evangelios, las obras de san Agustín, y algunos textos sobre la vida de Jesús y los santos. Esas lecturas fueron combustible de su convalecencia. Vino la meditación. Luego profundas reflexiones. Lo que empezó a gestarse con un cañonazo creció para transformarse en una conversión espiritual capaz de virar el destino y encender el corazón de un hombre necio, soldado, conquistador y espadachín.

Estaba listo para comenzar su peregrinaje. De Tierra Santa a las cuevas de Montserrat y Manresa, poco a poco su viaje se tornaba más espiritual que topográfico. Hablaba de Jesús con mendigos y “locos”. La Inquisición le montó vigilancia mientras él tejía un auténtico método para acercarse al Evangelio: los Ejercicios espirituales. Así es como aprendió a leer los movimientos de su espíritu, a entender los jaloneos que hacía su alma y a reconocer los brincos que da el corazón: todo con la idea de tomar decisiones que apuntaran a la Mayor Gloria de Dios. Agudizó sus cinco sentidos y perfeccionó el arte de componer lugares imaginarios para, ya en la realidad, conocer más y mejor a Jesús.

Puso pie en la universidad cuando se cumplían tres años de aquel balazo pamplonés. Del latín a la teología, pasó por Alcalá de Henares y París. Fue ahí en Francia donde hizo amistad con seis hombres de espíritu tan llameante como el suyo. Hacia 1539 coincidieron en dejarlo todo para militar por una sola causa. Así como hay órdenes religiosas que toman su nombre de los santos, este grupo de amigos decidió ir más allá. La “Compañía de Jesús” fue aprobada por el papa en un momento clave donde era urgente salir de claustros y monasterios, cruzar fronteras y mostrar una nueva cara de la fe. Pronto los “jesuitas” habitarán las cuatro esquinas del mundo.