VER

En el corazón de todo hombre se anida el anhelo de un futuro ideal. Lo desea con tal vehemencia que hace hasta lo imposible por alcanzarlo. Pero, en realidad, ese futuro es inalcanzable.

Su afán por encontrarse con él, lo desliga del presente y, por supuesto, del pasado, sin darse cuenta de que ambas dimensiones son el sustento necesario de todo futuro.

Vivir el presente con plena conciencia, asumiendo lo que cada día trae consigo, es una actitud responsable que permite al hombre sentar las bases de su propio futuro. Ese futuro, en realidad, es un advenimiento, que no necesita ser alcanzado, sino aceptado, acogido, recibido. Lo que está por venir, mañana se convertirá en presente y habrá que esperar algo más, hasta que la muerte detenga nuestro camino por la vida.

Es triste ver a mujeres y hombres afanados en descifrar el destino, queriendo desentrañar de él los misterios del futuro. Su atención y toda su energía están empeñados en lo que todavía no es, desprevenidos, a la hora que menos lo piensen, no verán llegar lo verdaderamente importante de la vida.

ILUMINAR

¿Por qué esperar la venida del Señor e insistir en esto cada año? ¿Acaso el Señor no habita entre nosotros? Son planteamientos válidos cuando el acontecimiento Jesucristo (encarnación, muerte y resurrección) no ha sido indispensable en la vida de mucha gente. Es decir, no se espera nada que no sea significativo y no se habla de lo que no se conoce.

Pero, para quienes lo conocemos y hemos hecho, particularmente, de la encarnación un símbolo de nuestra fe, ¿qué sentido tiene el Adviento? ¿Para qué adentrarnos en reflexiones cada año, si, de igual manera, sabemos que Jesús ya ha puesto su morada entre nosotros?

La pregunta, en ambos casos, no es saber cuándo vendrá el Señor, sino replantearnos si lo hemos dejado llegar a nuestras vidas, o si hemos estado atentos a su presencia en el hermano y en los acontecimientos de la historia.

Los retos que nos pone el adviento como la conversión, los cambios, preparar caminos, vigilar…, tienen un punto de partida desde el cual comienzan a tener sentido: “Tomen en cuenta -dice Pablo- el momento en que vivimos”, (Rm 13,11).

El momento en que vivimos, no es otra cosa que la conciencia del hoy, del presente; estar atentos al devenir de la historia que se hace evidente y nos interpela en cada acontecimiento, en cada persona y en lo inadvertido. Por eso, Pablo agrega un imperativo: “Ya es hora de que se despierten del sueño”, (v. 11).

Hay un sueño voluntario, deseado, asumido irresponsablemente, que se asienta en la indiferencia y el rechazo de la realidad. Cerramos los ojos ante la vida, y en ese no ver nos negamos al dolor, al sufrimiento y la desesperanza, propios y ajenos, pero también a la felicidad, a la oportunidad de ser hermano y al gozo de la esperanza. Ese sueño ficticio es un autoengaño, pues vivimos (o dormimos) convencidos de que, al despertar, se manifestará ante nosotros el futuro soñado, el destino ideal.

No obstante, a la par de los hombres dormidos, están los que viven el presente, despiertos, alertas y dispuestos a lo que venga. Son aquellos de los que nos habla Jesús en el Evangelio de Mateo: “de dos hombres que estén en el campo, uno será llevado y el otro será dejado; de dos mujeres que estén juntas moliendo trigo, una será tomada y otra dejada” (24,40-41). Representan las actitudes humanas ante la vida y el modo de estar en ella: dispuestos para ser llevados, o indispuestos, para ser dejados.

“Velen, pues, y estén preparados…, porque a la hora que menos lo piensen, vendrá el Hijo del hombre” (vv. 42 y 44).

ACTUAR

“Comportémonos honestamente, como se hace en pleno día…” (Rm 13,13), en el momento que nos toca vivir, haciéndonos responsables del presente, sin mayor pretensión que la de revestirnos de nuestro Señor Jesucristo (v. 14); conscientes de que su venida y su presencia entre nosotros se manifiestan en términos de justicia:

“Él será el árbitro de las naciones y el juez de pueblos numerosos. De las espadas forjarán arados y de las lanzas podaderas; ya no alzará la espada pueblo contra pueblo, ya no se adiestrarán para la guerra” (Is 2,4).

El tiempo de adviento nos prepara para que, atentos a la vida, el ladrón no nos sorprenda (Mt 24,). Ese “ladrón”, prefigurado en tantas situaciones adversas que nos roban la paz. También Isaías se preocupa por el tema de la paz, que no es la simple ausencia de guerra, sino la oportunidad que todos deben tener para vivir bien, comenzando por el derecho a tener un trabajo. La figura de las lanzas convertidas en instrumentos de trabajo hace ver que un pueblo no es más poderoso o importante por su gran ejército, sino por las oportunidades que dé para que sus gentes puedan satisfacer en paz todas sus necesidades, para lo cual no es necesaria la guerra (Luis A. Schökel, La Biblia de Nuestro Pueblo).