VER

Es imposible no aceptar que vivimos épocas de cambio y que la incertidumbre que permea las voluntades y los pensamientos de cada persona, genera un estado de duda respecto de lo que pueda suceder en lo inmediato y próximo de nuestros días.

El advenimiento de un futuro mejor es, por ahora, sólo una idea y una promesa. Los gobiernos toman decisiones, pero aún no vemos los resultados; reaccionamos al respecto y opinamos, a favor o en contra… confiamos y desconfiamos.

Tal vez debamos recuperar la paciencia, sabiendo que a veces se tiene que padecer y aceptar, animados, no obstante, por la esperanza, que hace del padecimiento un acto dinámico que nos enseña cómo la novedad es un riesgo que se debe asumir, pues de lo contrario, se convertiría en sufrimiento e involución; en desesperanza.

Paciencia, confianza, esperanza en algo o en alguien, tienen sentido si se aprecia aquello que se espera; si se aprecia, se desea, se ama y se orienta la vida entera en función de ello.

ILUMINAR

Que su amor siga creciendo más y más y se traduzca en un mayor conocimiento y sensibilidad espiritual (Fil 1,9).

Para Pablo, el amor es primordial en la vida de todo creyente. Nada puede crecer, sostenerse o construirse, si no es sobre el fundamento del amor. El amor nos empuja a amar, y lo que se ama se desea profundamente, hasta alcanzarlo.

Por eso, es el mandamiento único, el que más nos compromete y exige. Quien lo vive convencido y hace de él su modo de vida, experimenta una profunda transformación y una renovación constante. En este sentido se comprende mejor el llamado de Juan a preparar los caminos: renovar la vida y disponerla para que se haga posible la presencia del Señor en medio de nosotros. Pero esa presencia debe desearse.

Pablo, conociendo la vulnerabilidad de la condición humana, ora para que el amor siga creciendo, cada vez más, hasta que llegue el día de la venida del Señor (v. 10). También él tiene en mente la idea de preparar el camino, y sabe que sólo el amor nos capacita para escoger siempre lo mejor y llegar limpios e irreprochables (v. 10), recogiendo frutos de justicia (v. 11).

El Adviento trae consigo buenas nuevas que, si bien exigen la conversión, necesitan un corazón renovado, que por amor sea capaz de arriesgarse: dejar los vestidos de luto y aflicción (desesperanza) y revestirse con el manto de la justicia de Dios, capaz de ponerse de pie, subir a las alturas, alzar la mirada y contemplar (cf. Baruc 5,1-5) la salvación de Dios (Lc 3,6).

ACTUAR

Como Pablo a los filipenses, estamos invitado a orar unos por otros, para que el amor eche raíz en nuestras vidas, nos ayude a crecer y escoger siempre lo mejor:

Hermanos: siempre pido por ustedes, lo hago con gran alegría, porque han colaborado conmigo en la propagación del Evangelio, desde el primer día hasta ahora. Estoy convencido de que aquél que comenzó en ustedes esta obra, la irá perfeccionando siempre hasta el día de la venida de Cristo Jesús (vv. 4-6).