“Sólo en su patria, entre sus parientes y entre los de su casa se desprecia a un profeta”.

 

Nadie recibe a Jesús. Cuanto han oído de su autoridad y milagros, no es reconocido entre los suyos.

Es probable que nosotros también seamos así, con los propios. Nos cuesta trabajo creer que alguien que nació en medio de nosotros, no solo se ha superado en ciencia y conocimiento, sino que ha encontrado su vocación trascendente: el don de Dios.

Igual que los vecinos de Nazaret, nos cuesta trabajo ver la personalidad espiritual en los demás. Y de frente a Jesús igual. Es probable que estemos condicionados por la razón; pero en ocasiones como hoy podemos ceder hacia un conocimiento más profundo de Jesús y de los demás.

Parece que a nuestro conocimiento de Jesús, le urge una experiencia viva. Si nos dejamos sorprender por Dios, vamos a leer nuestra vida cotidiana de manera más intensa y auténtica. Dios nos sorprende porque da la autoridad de su Espíritu a Jesús. La da también a cualquiera de nosotros. Nos sorprende con su libertad para manifestarse en Jesús y desde Nazaret.

Nos sorprende para manifestarse en los que tienen una fe sencilla, abierta y creativa.

¿Qué tan profeta eres? ¿Qué tanto reconoces el influjo de Dios en los demás? ¿Cómo seguirías el Espíritu de Dios que aparece en quienes tienen una fe sencilla?

Oración:

Señor Jesús, a veces me parece que estoy varado en Nazaret; igual que muchos me atoro en elucubraciones caducas. Deseo profundamente encontrar el poder de tu Espíritu, en tu Palabra y en la Eucaristía; pero también en mis hermanos. Si todos somos profetas por el bautismo, ¿por qué no creer en el don de tu Espíritu, reconociendo tu inspiración en mis hermanos?

Permite que mi familia sí te reconozca, que gocemos muchas veces del don precioso de tus milagros. Amén.