Viendo la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron. Y tomando la palabra, les enseñaba diciendo: “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados serán cuando los injurien, y los persigan y digan con mentira toda clase de mal contra ustedes por mi causa. Alégrense y regocíjense, porque su recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a ustedes”.

Jesús, que ha roto las fronteras entre los pueblos, sube al monte para enseñar. Todos entienden que allá, arriba, es el lugar de la presencia de Dios. Jesús les parece un nuevo Moisés que desde la montaña promulga, el estatuto del Reino, la nueva ley. Con las bienaventuranzas redefine la nueva alianza y construye el nuevo pueblo de Dios.

Después de dos mil años, nosotros seguimos viviendo de este programa de vida. Su enseñanza toca y atraviesa por entero, nuestra condición humana. Si lo pensamos bien, el “sermón de la montaña” se dirige a todo el mundo, desde el pasado, en el presente y en el futuro. Todas las ideologías del mundo, han caído y seguirán cayendo, pero la enseñanza que aquí encontramos es perenne, porque viene de lo alto, de Dios mismo y tiene el poder de reordenar la vida y la historia, y de ser justo con todos.

Lo mejor de las bienaventuranzas, viene cuando cada uno de nosotros decide reprogramar su vida, así, al modo de Jesús, siguiéndolo a Él; sólo así se experimenta la consolación de Dios. Y es que por más que nos afanemos en las alegrías del mundo, tarde o temprano les encontramos fondo. En las bienaventuranzas no existe fondo, son un itinerario tan insondable como Dios mismo. Quien se atreve a vivir de esta manera, sacia todas sus hambres y siente recompensados sus sufrimientos.

Las bienaventuranzas son la transparencia de la cruz y la Resurrección de Cristo, proyectada en nuestras vidas. Contienen una sabiduría que no se encuentra en ningún otro lugar y en ninguna otra persona, sino en aquellos que queremos ser libres y alegres, con una libertad y una alegría que nadie puede arrancarnos en el tiempo.

Superar toda queja, angustia y depresión, desde la nobleza y la generosidad del programa de las bienaventuranzas, implica una vida vivida al límite de la inteligencia y del amor.

¡Atrevámonos a reprogramar nuestra vida desde las bienaventuranzas!

Oración:

Señor Jesús, ¿Qué sería de mi vida si no existieras tú? En tus bienaventuranzas he descubierto la consolación. Ayúdame a vivir así, dispuesto a la alegría de tu ley de amor.

Permite que en casa, con los míos, saciemos nuestras hambres de justicia y de paz en el ejercicio de tus bienaventuranzas. Que reprogramemos nuestras vidas acompañándote en la cruz y en la resurrección, de nuestros hermanos más vulnerables. Amén.