Alégrense y regocíjense, porque su recompensa será grande en los cielos

En la montaña, con las bienaventuranzas, Jesús redefine la nueva alianza y construye el nuevo pueblo de Dios, en el que todos estamos llamados a ser santos.

Hoy celebramos el misterio de la comunión de los santos del cielo y de la tierra. Celebramos que no estamos solos en nuestra condición temporal, sino rodeados de testigos que nos antecedieron en la vida de Dios y que interceden por nosotros.

La Fiesta de Todos los Santos acontece, cuando cada uno de nosotros decide reprogramar su vida, así, al modo de Jesús, siguiéndolo a Él; solo así se experimenta la consolación de Dios. Y es que por más que nos afanemos en las alegrías del mundo, tarde o temprano les encontramos fondo. En las bienaventuranzas no existe fondo, son un itinerario tan insondable como Dios mismo. Quien se atreve a vivir de esta manera, sacia todas sus hambres, siente recompensados sus sufrimientos y se ve participando de los santos del cielo.

Los santos vivieron las bienaventuranzas. Ese fue su camino al cielo. Y lo hicieron con una libertad y alegría que nadie puedo arrancarles durante su vida en el mundo.

Superemos, a semejanza de los santos, toda queja, angustia y depresión, desde la nobleza y la generosidad del programa de las bienaventuranzas; esto implica vivir al límite nuestra inteligencia espiritual y nuestro amor.

¡Atrevámonos a reprogramar nuestra vida desde las bienaventuranzas, seamos santos!

Oración:

Señor Jesús, que saciemos nuestras hambres de justicia y de paz en el ejercicio de tus bienaventuranzas. Que reprogramemos nuestras vidas acompañándote en la cruz y en la resurrección, de nuestros hermanos más vulnerables. Amén.