La palabra “rosario” proviene del latín rosarium, que puede interpretarse como “lugar o jardín de rosas”. El origen de este nombre tiene dos probables explicaciones: la primera de ellas, histórica, señala que durante la Edad Media era costumbre de la nobleza coronar a sus seres queridos con una guirnalda de rosas como muestra de amor y respeto; así mismo, cuando los caballeros tomaban el título juraban en honor a la Virgen María. Estas dos prácticas -con el tiempo- de alguna manera se unieron y terminaron por definir al rosario como “el acto por el cual se le dan rosas a la madre”.

La segunda explicación señala que la Virgen se apareció ante un joven religioso que recitaba el avemaría, quien observó a la Madre de Cristo tomar capullos de rosas entre sus labios y hacer una guirnalda, mientras exclamaba una oración y le pedía la propagara por el mundo entero. Este joven fue santo Domingo de Guzmán (1170-1221) quien es considerado como el creador y mayor promotor de la oración del Santo Rosario.

La devoción de este rezo es piedra angular dentro de la religiosidad popular de la comunidad católica. Sin embargo, a pesar de
su amplia y difundida veneración, su origen dentro de la historia de la Iglesia es poco claro.

Sus inicios pueden rastrearse cerca del año 910 d.C., cuando se fundó la Orden de Cluny o Cluniacense, dando importancia a la oración coral comunitaria. De esta manera, los monjes letrados se dedicaban a rezar 150 salmos diariamente, mientras que a los monjes analfabetas se les destinaban 150 padrenuestros.

Hacia el siglo XIII se sustituyeron estos rezos por las salutaciones, y se popularizó el uso de contadores, es decir, la serie de cuentas ensartadas que hoy en día conocemos como rosario. En este siglo la Orden de los Dominicos se dedicaba a predicar, incansablemente, sobre el rezo del Santo Rosario como respuesta al movimiento albigense o catarismo, en el cual no se reconocía ningún dogma relacionado con la Virgen María.

Adentrado el siglo XIV, diversas órdenes mendicantes diferentes a los dominicos, como los franciscanos, agustinos o carmelitas difundieron entre los diversos sectores de la población el Salterio de María, mientras que en el siglo XV se estructura el avemaría tal como actualmente es conocido.

En 1571 -siglo XVI- se consolida el culto al Santo Rosario, ya que el papa Pío V solicitó a los fieles cristianos lo rezaran con el fin de que la santísima Virgen los socorriera en la batalla de Lepanto. En esta batalla los cristianos ganaron ante una armada turca superior, por lo que, como muestra de agradecimiento a la Madre de Jesús, se instituyó el uso universal del rosario en cada oficio divino. Así mismo se estableció la “Fiesta del Santísimo Rosario de Nuestra Señora”, que en un principio se asignó al primer domingo de octubre y después al día 7 del mismo mes. Finalmente, por señalamiento del papa León XIII, se denominó al mes de octubre como el “Mes del Santo Rosario”.

En un inicio la oración del Santo Rosario estuvo conformada por la lectura de quince misterios: los gozosos, que tratan sobre la revelación a María, su embarazo y el nacimiento de su santísimo hijo; los dolorosos, que abordan la pasión de Cristo; y, finalmente, los gloriosos, dedicados a la resurrección de Jesús. Es durante el pontificado de san Juan Pablo II que se integró una cuarta categoría denominada misterios luminosos, los cuales meditan sobre la vida pública de Jesucristo. Con este acontecimiento culmina -o al menos se detiene-, un proceso que ha durado más de un milenio dentro de la historia de la fe católica.