El pueblo que habitaba en tinieblas ha visto una gran luz; a los que habitaban en paraje de sombras de muerte una luz les ha amanecido”.

A partir de ahora y hasta el día doce de enero, los evangelios nos muestran a Jesús como Rey y Señor. En griego es Epifanía: manifestación de lo alto. Hoy se nos manifiesta como luz para todos los pueblos. Jesús, en este inicio de su ministerio profético, supera las fronteras de Israel, para predicar a todas las naciones. Ya no sólo desde el desierto (como Juan), sino en medio de la sociedad.

En la perspectiva de Jesús: cada hombre y cada pueblo necesita el evangelio de la verdad.

La profecía de Isaías que escuchamos en este texto, vuelve a tocar nuestra sensibilidad y necesidad de liberación. Nos induce a creer que saldremos de las tinieblas a la luz; es decir, de la muerte a la vida. Pero es necesaria una conversión visible, que nos lleve de las palabras a las obras.

Igual que los que vieron a Jesús hace dos mil años, nosotros podemos contemplar su rostro humano, a través del cual Dios quiere encontrarse con cada hombre y cada mujer para hacernos entrar en su comunión de amor.

La única conversión posible aquí, es la que nace del amor a Cristo y de una relación personal y cotidiana con Él. Es posible que nuestra conversión visible nos lleve a recorrer las calles de nuestro universo personal, familiar y laboral anunciando el gozo y la alegría de creer y amar en Jesús. Esto urge, si tomamos en cuenta que hoy, como entonces, muchos viven en tinieblas y ansían un rayo de luz.

¡Seamos luz!

  • ¿Cuáles son nuestras tinieblas hoy?
  • ¿Cuáles son nuestras luces?
  • ¿Qué tan visible quiero hacer mi conversión?

 Oración:

Señor Jesús, que nunca pierda la sensibilidad para verte en los más agobiados. Que tu rostro humano nos atraiga en familia para amar a los enfermos y oprimidos. Que nuestra luz se note en obras concretas de liberación por nosotros y por los demás. Amén.