Jesús tenía enfrente a sus misioneros, los setenta y dos discípulos, quienes le habrían reportado la incredulidad e impenitencia de estas ciudades de Galilea que, juntas, representan a toda la región que ha rechazado a Jesús.

Corozaín, Betsaida y Cafarnaúm son ciudades ribereñas del lago de Tiberíades. A pesar de haber visto muchos milagros de Jesús, no aceptan el mensaje de sus enviados; han endurecido su incredulidad de tal forma que ni siquiera se comparan con las ciudades paganas, las cuales, no obstante ser modelo histórico de maldad, de solo ver el proyecto de Jesús en sus milagros ya se habrían convertido. Lo que Jesús no acepta es su cerrazón, su testarudez o indiferencia. Podrían pasar la vida así, sin iniciar una conversión, y en tal caso, cerrarse toda posibilidad de una vida nueva.

Jesús conecta su sentencia con la de la tradición profética del Antiguo Testamento. Compara estas ciudades impenitentes con Sodoma y Gomorra, Babilonia y Nínive. Dirigiéndose a sus misioneros, les recuerda que quien los escucha a ellos, lo escucha a Él mismo, para refrendarles la autoridad y poder con que los ha investido. Estas ciudades y cuantas sean objeto de su misión han de recibirlos como a Él mismo, porque “el enviado es igual al que lo envía”. Y, además, han de entender que la conversión urge: el tiempo de Dios llegó a tal punto que ya no se la puede aplazar.

Nosotros, después de dos mil años, podemos preguntarnos sobre la urgencia de nuestra conversión personal y comunitaria; y si los milagros de Jesús que hemos conocido no han bastado para iniciar esa conversión.

Es probable que, revisando nuestra vida, lleguemos a la conclusión de que no hemos sido malos ni descreídos. Sin embargo, la urgencia y la necesidad de una conversión continua siguen vigentes. Aceptemos que nunca terminaremos de convertirnos, nunca será suficiente, porque el amor de Cristo no tiene fin, siempre nos llevará más allá.

¿Recuerdas tu última conversión? ¿Cómo modificó tu vida? ¿En qué aspectos de mi vida y relaciones descubro que es imperioso hacer conversión?

Ojalá que vivamos de conversiones de frente a la Palabra de Jesús cada domingo y cada día.

Oración:

Señor Jesús, gracias por regalarme el sentido de la conversión. Yo, que me sentía tan completo y terminado, hoy acepto que soy incrédulo e impenitente, tanto o más que los habitantes de aquellas ciudades que te rechazaron. Creo que no he hecho caso a tu palabra, sobre todo cuando me has hablado a través de mis hermanos más pequeños y humildes, los que sufren, los enfermos, los aquejados de sida u otras enfermedades. En fin, a través de todos los olvidados de la sociedad. Descubro que si esto no me llama a conversión, soy un condenado.

Permite que junto con los míos, desde mi hogar, vivamos de conversiones continuas, que descubramos cada día la novedad hacia la que nos llevas en la práctica del amor. Amén.