¿Qué celebramos?

  • La santidad y la muerte.
  • La santidad como vocación: sean santos.
  • La muerte como parte de la vida.

Son dos momentos (dos días) para recordar que todos hemos sido llamados por Dios a ser santos y no olvidar que, aunque la vida, o la existencia, terminan con la muerte, esta se convierte en el medio que nos abre el horizonte a la eternidad.

¿Por qué celebramos?

De vez en cuando vale la pena recordar que la santidad ofrece un sentido distinto a la vida y a la muerte, y que la muerte, más allá de provocarnos tristeza o nostalgia (que es normal en una situación así), es una experiencia que nos enfrenta a la realidad y a la condición humana: frágil y finita.

Los santos, a lo largo de la historia de la Iglesia, han sido un referente de vida para los creyentes. Ellos, viviendo al modo cristiano y desde el evangelio, nos enseñan que sí es posible vivir según el mandato del Señor: amando y sirviendo.

Además, los santos nos demuestran, con sus acciones y su forma de vivir, que con la muerte no se acaba todo, sino que ella es el encuentro definitivo con el Padre.

¿Qué hace que la santidad y la muerte sean especiales para la iglesia?

  • La fidelidad al evangelio. Por eso celebramos a todos los santos y a los fieles difuntos.
  • Quienes se han mantenido fieles a la Buena Nueva, viviéndola y anunciándola, reciben como recompensa la cercanía de Dios: la santidad.
  • La fidelidad se expresa de dos maneras: cumpliendo y permaneciendo. Así nos lo explica Jesús en el evangelio de Juan:

Si alguien me ama cumplirá mi palabra, mi Padre lo amará, vendremos a él y habitaremos en él (Jn 14,23).

Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor; lo mismo que yo he cumplido los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor (Jn 15,10).

El papa Francisco nos enseña

En la exhortación apostólica Gaudete et exultate (Alégrense y regocíjense), sobre el llamado a la santidad en el mundo actual, el Papa Francisco nos enseña que, para comprender el sentido de la santidad, es necesario que nos dejemos guiar por la luz del Maestro.

¿Qué nos dice el papa acerca de la santidad?

“Puede haber muchas teorías sobre lo que es la santidad, abundantes explicaciones y distinciones. Esa reflexión podría ser útil, pero nada es más iluminador que volver a las palabra de Jesús y recoger su modo de transmitir la verdad. Jesús explicó con toda sencillez qué es ser santos, y lo hizo cuando nos dejó las bienaventuranzas (cf. Mt 5,3-12; Lc 6,20-23). Son como el carnet de identidad del cristiano. Así, si alguno de nosotros se plantea la pregunta: «¿Cómo se hace para llegar a ser un buen cristiano?», la respuesta es sencilla: es necesario hacer, cada uno a su modo, lo que dice Jesús en el sermón de las bienaventuranzas. En ellas se dibuja el rostro del Maestro, que estamos llamados a transparentar en lo cotidiano de nuestras vidas” (n. 63).

  • La palabra «feliz» o «bienaventurado», pasa a ser sinónimo de «santo», porque expresa que la persona que es fiel a Dios y vive su Palabra alcanza, en la entrega de sí, la verdadera dicha (n. 64).

“Hoy es un día de recuerdo del pasado, un día para recordar a quienes caminaron antes que nosotros, a aquellos que también nos han acompañado, nos han dado la vida. Recordar, hacer memoria. La memoria es lo que hace que un pueblo sea fuerte, porque se siente enraizado en un camino, enraizado en una historia, enraizado en un pueblo. La memoria nos hace entender que no estamos solos, somos un pueblo: un pueblo que tiene historia, que tiene pasado, que tiene vida. Recordar a tantos que han compartido un camino con nosotros, y están aquí [indica las tumbas alrededor]. No es fácil recordar. A nosotros, muchas veces, nos cuesta regresar con el pensamiento a lo que sucedió en mi vida, en mi familia, en mi pueblo... Pero hoy es un día de memoria, la memoria que nos lleva a las raíces: a mis raíces, a las raíces de mi pueblo.

“Y hoy también es un día de esperanza: la segunda lectura nos ha mostrado lo que nos espera. Un cielo nuevo, una tierra nueva y la ciudad santa de Jerusalén, nueva. Hermosa es la imagen que usa para hacernos entender lo que nos espera: «Y la vi la Ciudad Santa, la nueva Jerusalén, que bajaba del cielo, de junto a Dios, engalanada como una novia, ataviada para su esposo» (cf. Apocalipsis 21, 2). Nos espera la belleza... Memoria y esperanza, esperanza de encontrarnos, esperanza de llegar donde está el Amor que nos creó, donde está el Amor que nos espera: el amor del Padre.

“Y entre la memoria y la esperanza está la tercera dimensión, la del camino que debemos recorrer y que recorremos. ¿Y cómo recorrer camino sin equivocarse? ¿Cuáles son las luces que me ayudarán a no equivocarme de camino? ¿Cuál es el «navegador» que Dios mismo nos ha dado, para no equivocarnos? Son las bienaventuranzas que Jesús nos enseñó en el evangelio. Estas bienaventuranzas (mansedumbre, pobreza de espíritu, justicia, misericordia, pureza de corazón) son las luces que nos acompañan para no equivocarnos de camino: este es nuestro presente. En este cementerio están las tres dimensiones de la vida: la memoria, podemos verla allí [indica las tumbas]; la esperanza, la celebraremos ahora en la fe, no en la visión; y las luces que nos guían en nuestro camino para no equivocar el camino, las hemos escuchado en el Evangelio: son las Bienaventuranzas (Papa Francisco, Homilía del 2 de noviembre de 2018)”.