En el ambiente distendido del mismo banquete en casa del fariseo principal, que hemos seguido por los últimos dos episodios del Evangelio, uno de los presentes siente el deseo de participar en el futuro banquete del Reino de Dios.

Jesús abre el entendimiento no solo del que desea participar en el banquete futuro del reino, sino de todos los presentes, al enseñar dos categorías del gran banquete de su reinado. La primera: que el banquete del reino de Dios está abierto a todos, en especial a quienes le dan su atención; a quienes no ponen los propios intereses por encima del reino de Dios; y a quienes somos llamados en las plazas y en los cruces de caminos y nos atrevemos a posponer nuestras actividades para asistir.

La segunda categoría del reinado de Jesús consiste en que el banquete del mundo futuro ya se da en su comunidad. Cuando estamos con Él en su Palabra y en la Eucaristía.

Entendamos que el deseo del hombre que en la parábola dio una gran cena es el mismo deseo de Jesús, el deseo de su Padre Dios, su amor por la persona humana y por su creación. Jesús nos desea, nos espera. En un día como hoy podemos valorar nuestra relación con Él. Si estamos siendo indiferentes o distraídos y ocupados solo en nuestras cosas; si sabemos que hay puestos vacíos en el banquete de Dios, ocupémoslos, son para nosotros, desde ahora hasta el gran banquete final de su reinado.

Dejemos de vivir solo para nosotros mismos, aceptemos la invitación de Jesús; no hay mejor lugar que el que Él nos quiere dar en su mesa.

Oración:

Señor Jesús, gracias por invitarme hoy y siempre. Ayúdame a disfrutar la vida como un continuo banquete cuyo culmen sucederá en la vida que supera a la vida; que yo viva consciente de que todo lo que hago, ya sea para servir a mis hermanos desde mi profesión, como aquello en que me ocupo, para amar y servir a mi familia y a los demás, es una prueba de mi participación en tu banquete. Haz posible que yo goce desde ahora de tu sacramento, que goce de tu presencia así, sentado a la mesa con los muchos invitados que tú vas trayendo.

Permite que junto con los míos, desde nuestro hogar, conformemos el mejor banquete que tú quieres, integrado a tu reino; y que en nuestro día final nos sentemos a tu mesa, alegres de haber dejado cuanto teníamos por estar contigo. Amén.