Los movimientos antiespecistas (que están en contra de la discriminación por especie), se han pronunciado a “favor de la vida” de formas inverosímiles, absurdas y, me parece, grotescas. Por ejemplo, defender la vida promoviendo la muerte.

Tomar postura y manifestarse contra algo y al mismo tiempo en favor de algo más, de manera reactiva y confrontativa, deja de lado la posibilidad de pensar antes de…, de discernir a fondo y lograr una visión de conjunto que acoja y comprenda toda la realidad. Las reacciones primarias dan como  resultado frases como ésta: “Las vidas por salvar están en las granjas y mataderos, no en nuestros úteros (feminista antiespecista). Entonces, ¿quién salva la vida del hombre, para que luego se haga cargo de cuidar (salvar), la creación que se le ha confiado?

Me pregunto si todos esos movimientos habrán caído en la cuenta de un principio elemental: que la vida humana depende de la existencia del mismo hombre.

ILUMINAR

"…de la costilla que le había sacado al hombre, Dios formó una mujer. Se la llevó al hombre y éste exclamó: “Ésta sí es hueso de mis huesos y carne de mi carne...”, (Gn 2,21-23).

Tomando en cuenta el desarrollo de los acontecimientos creacionales con el desenlace que acabamos de leer, podríamos tal vez afirmar que es el hombre quien ha parido su propia especie; el resto de las especies le han sido dadas, encomendadas y nada comparte con ellas que los haga semejantes, más allá de haber sido formados igualmente de la tierra (vv. 7 y 19). En relación con las bestias del campo y los pájaros del cielo (v. 19), Adán ejerce una primacía que le otorga el derecho de ponerles nombre (v. 20) y, así, domesticarlos.

La mujer, en cambio, ocupa un lugar distinto al de las bestias, pero igual al del hombre, porque “ha sido formada, sacada”, de él mismo (v. 24). Ella representa el factor complementario y definitivo que sustrae al hombre de la soledad, lo ayuda a salir de allí para iniciar un proceso de unión y entrega. “Por eso el hombre abandonará a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne”, (v. 24).

El Génesis explica, a través de un discurso teológico, el origen del hombre, mismo que otras corrientes de pensamiento, incluso no religiosas, han explicado a lo largo de la historia de distintas maneras. En todas, el hombre es la figura central, la primera por sobre todas las creaturas, concluyendo que la vida humana depende de la existencia del hombre. Y sin esa existencia primordial no hay manera de la que vida se verifique en cada instante, en cada acontecimiento, en cada parto.

El vientre materno, igual que el llanto de un niño al nacer y el brillo de sus ojos al encontrarse con sus semejantes, son el espacio vital que garantiza la continuidad de la especie humana y confirma que allí se gesta el misterio de la vida.

¿Seguiremos, entonces, pensando que las vidas por salvar están en granjas y mataderos?

ACTUAR

“Esto no significa igualar a todos los seres vivos y quitarle al ser humano ese valor peculiar que implica al mismo tiempo una tremenda responsabilidad. Tampoco supone una divinización de la tierra que nos privaría del llamado a colaborar con ella y a proteger su fragilidad. Estas concepciones terminarían creando nuevos desequilibrios por escapar de la realidad que nos interpela. A veces se advierte una obsesión por negar toda preeminencia a la persona humana, y se lleva adelante una lucha por otras especies que no desarrollamos para defender la igual dignidad entre los seres humanos. Es verdad que debe preocuparnos que otros seres vivos no sean tratados irresponsablemente.

"Pero especialmente deberían exasperarnos las enormes inequidades que existen entre nosotros, porque seguimos tolerando que unos se consideren más dignos que otros. Dejamos de advertir que algunos se arrastran en una degradante miseria, sin posibilidades reales de superación, mientras otros ni siquiera saben qué hacer con lo que poseen, ostentan vanidosamente una supuesta superioridad y dejan tras de sí un nivel de desperdicio que sería imposible generalizar sin destrozar el planeta. Seguimos admitiendo en la práctica que unos se sientan más humanos que otros, como si hubieran nacido con mayores derechos”. (papa Francisco, LS 90).